krishna1 por ஐங்கரன்.

Recién retornados (egresados que dicen ahora los sabihondos) al espacio cibérnetico maese Vanbrugh y el profesor Lansky, los dos nos han deleitado una vez más a todos sus lectores con una de esas sabrosas pólemicas -tan suyas, por otra parte- acerca de la divinidad. Y este probo aprendiz de gramático, sicario en ciernes todavía en lucha con sus escrúpulos -y, por encima de ambas cosas, seguidor entusiasta de esas dos fieras del razonamiento que campan a sus anchas por las junglas que uno y otro han tenido a bien dedicarse a crear enmedio del deplorable tejido literario que hoy atasca Internet- aprovechándose de los útimos ecos de la discusión de marras va a acometer esta, su momentánea reentré en la red de redes, intentando añadirle al asunto provocador un granito de arena -o, mejor ¡de pimienta!- que contribuya a embarullar, siquiera un poquitín más, las conclusiones que cada uno haya sido capaz de extraer, porque le haya convenido o porque haya sido convencido, del arrebatado y cortés duelo de pensantes. Y lo va a hacer a través de un silogismo posmoderno. Que como mucho de lo que por aquí, y ahora, se cataloga de tal, de posmoderno, tiene bastante poco de lo que proclama ser y aún no demasiado de lo que en realidad enuncia. Vamos con ello:

PREMISA MAYOR: Todos los seres vivos terminan, tarde o temprano, por dejar de estarlo.

PREMISA MENOR: A los humanos esa trivialidad les incomoda horrores.

CONCLUSION: El ser humano necesita valerse de la ayuda de Dios para poder cumplir con un cierto decoro, ese trámite que tan sumamente desagradable le resulta.

Pero es que si los seres humanos llegásemos algún día a ser inmortales y, en cuanto tal, no necesitásemos a Dios, nos habríamos convertido en Dioses nosotros mismos y, entonces, no nos cabrían ya dudas en poder afirmar: Dios existe. O tal vez no y nuestras dudas continuasen. Porque persiguiendo esa sugestiva estela en medio de este caótico galimatias cabría al igual que afirmáramos que el primero en preocuparse de saber si existe algo por encima suyo, alguien, lo que sea, que pueda justificarlo como una entidad viva, con sustantividad propia, sería nada más y nada menos que el propio Dios.